
Jóvenes reciben la Confirmación en la Iglesia San Josemaría
A través de recursos adaptados a sus formas de aprendizaje, fueron profundizando en la fe y preparándose para este paso. Un camino que compartieron con sus familias, catequistas y toda la comunidad.
Hay celebraciones que dejan una alegría especial en el corazón. Esta fue una de ellas.
María Cristina Chiriboga, una de sus catequistas, nos cuenta cómo nació este grupo y cómo fue el camino de preparación que llevó a ocho jóvenes a recibir el sacramento de la Confirmación, en una experiencia que marcó también a sus familias y a quienes tuvieron la oportunidad de acompañarlos.

Un camino preparado especialmente para ellos
Todo comenzó con la inquietud de algunas madres de jóvenes con síndrome de Down y con diferentes condiciones del desarrollo, que deseaban que sus hijos pudieran continuar su camino de vida espiritual y prepararse para recibir un sacramento que aún tenían pendiente: la Confirmación.
Junto con María Teresa Ramírez comenzamos a organizar las clases y a preparar el material, basándonos en los libros de la Arquidiócesis de Guayaquil, pero buscando siempre una manera sencilla, visual y cercana de transmitirles cada enseñanza.
El grupo estuvo formado por jóvenes de entre 19 y 30 años, que recibieron cada encuentro con muchísimo entusiasmo y atención.
Trabajamos con explicaciones sencillas, material visual, láminas para pintar, recortar y pegar, y distintos recursos que les ayudarán a recordar las oraciones y la doctrina que iban aprendiendo. Cada clase tenía algo especial. Ellos llegaban con ilusión, participaban, preguntaban y recibían con mucha atención todo aquello que íbamos compartiendo sobre la fe.
Un corazón rojo que se volvió blanco
Uno de los momentos más lindos de toda la preparación fue el camino hacia la confesión.
Queríamos ayudarlos a hacer su examen de conciencia de una manera cercana, visual y significativa para cada uno. Por eso entregamos a cada uno un corazón de cartulina roja y una hoja con distintas situaciones representadas mediante caricaturas: mostraban actitudes o acciones que nos alejan del amor de Dios y del prójimo basadas en los Diez Mandamientos y en los pecados capitales.
En casa, cada uno debía escoger aquellas situaciones con las que se identificaba según su conciencia y pegarlas sobre su corazón rojo.
Llegó entonces el día de la confesión. Cada uno entraba llevando su corazón y se lo entregaba al sacerdote. Con él comentaban sus faltas; el sacerdote los escuchaba, los aconsejaba, les daba la penitencia y, después de la absolución, rompía aquel corazón rojo y les entregaba un corazón blanco.
¡Ver sus caras al salir con ese corazón blanco, limpio y puro, y con una sonrisa de oreja a oreja, no tiene precio!
Fue maravilloso ver cómo la gracia de Dios llenó de tanta alegría a cada uno. Después, muy piadosamente, subieron a la iglesia para arrodillarse ante el Sagrario, cumplir su penitencia y dar gracias a Dios.
Fue uno de esos momentos en los que uno entiende que la fe, cuando se vive de verdad, puede verse hasta en una sonrisa.

Llegó el gran día
Y finalmente llegó el 5 de septiembre, memoria de Santa Teresa de Calcuta, recibieron al Espíritu Santo de manos del Arzobispo, Cardenal Luis Gerardo Cabrera, quien nos hizo el enorme honor de presidir la celebración.
La homilía del Cardenal nos recordó las gracias infinitas que debemos dar por estas familias, que quizá al inicio tuvieron que atravesar la incertidumbre de un diagnóstico inesperado y que acompañan a sus hijos con un inmenso amor y dedicación, reconociendo en cada uno de ellos una vida única y valiosa.
También nos recordó algo que era importante para ellos, pero también para todos nosotros: somos templos del Espíritu Santo y debemos cuidar nuestra alma para que Él habite siempre en nosotros.
Ocho jóvenes llenos del Espíritu Santo
Fue emocionante escucharlos renovar con firmeza sus promesas bautismales, como verlos acercarse, con recogimiento y una gran sonrisa, a recibir el santo Crisma. Además, de observarlos participar en la Sagrada Comunión.
José Andrés, Carolina, Luciano, Isabela, Ana Karina, José Alfredo y Martha María habían dado un paso más en su camino de fe. Y ya convertidos en soldados de Cristo, ¡posaron felices para todas las fotos que se quisieron tomar!
Había alegría por todas partes: en ellos, en sus padres, en quienes los acompañaron y en toda la comunidad que pudo compartir ese momento.
Una experiencia que también nos transformó
Para todos quienes formamos parte de la Iglesia San Josemaría ha sido una experiencia muy significativa acompañar a estos jóvenes en un paso más de su camino hacia el Cielo.
Nos quedamos con el corazón lleno de alegría y gratitud: a sus padres, por confiar en nosotros y encargarnos su preparación; a nuestro rector, el Padre Juan Carlos Vásconez, por abrirnos las puertas y apoyar esta iniciativa; y a Monseñor Cabrera, por regalarnos su tiempo y presidir una celebración tan significativa para ellos y sus familias.
Ellos recibieron el Espíritu Santo, y nosotros tuvimos la dicha de ser testigos de ese paso en su camino de fe. Nos queda la alegría de haber compartido este momento y la certeza de que, en la Iglesia, cada persona está llamada a encontrarse con Dios y a crecer en la fe.

Si quieres replicar esta iniciativa y necesitas una guía inicial, escríbenos a info@iglesiasanjosemaria.com