Iglesia San Josemaría
El Opus Dei

El Opus Dei

Llamados a ser Santos - Santificar el trabajo y la vida ordinaria

Entre 1948 y 1952, San Josemaría Escrivá de Balaguer fomentó las actividades del Opus Dei y oró por su expansión en otros países. En 1949, el ecuatoriano Juan Larrea solicito unirse a la Obra y fue alentado a regresar a Ecuador para iniciar las labores apostólicas. Tras completar sus estudios en derecho, llegó a Quito en 1952, y se reunió con el Arzobispo Carlos María de la Torre, quien apoyó la creación del primer centro del Opus Dei en la ciudad.

Gradualmente, surgieron vocaciones y en 1954 llegaron a Quito más miembros del Opus Dei. En 1955, se estableció la Residencia Ilinizas para estudiantes. En 1963, comenzó la labor en Guayaquil y en 2001 se construyó una iglesia dedicada a San Josemaría. Las actividades apostólicas se expandieron, incluyendo centros de formación y residencias en varias ciudades. San Josemaría visitó Ecuador en 1974, apoyando la labor de la Obra y colaborando con la jerarquía eclesiástica del país

Algunos rasgos del espíritu del Opus Dei

Filiación Divina

«La filiación divina es el fundamento del espíritu del Opus Dei», afirma su fundador. Desde el bautismo, un cristiano es un hijo de Dios. La formación de la Prelatura fortalece en los fieles su viva conciencia de ser hijos de Dios, ayudándoles a actuar en consecuencia: fomenta la confianza en la Providencia, la sencillez, la fraternidad, el amor cristiano al mundo y el optimismo.

Vida Ordinaria

«Es en medio de las cosas más materiales de la tierra donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres», decía san Josemaría. La familia, el matrimonio, el trabajo, la ocupación de cada momento son oportunidades habituales de tratar y de imitar a Jesucristo, procurando practicar la caridad, la paciencia, la humildad, la laboriosidad, la justicia, la alegría y en general las virtudes humanas y cristianas.

Santificar el trabajo

La santificación del trabajo consiste en un esfuerzo constante por realizar nuestras labores diarias con la máxima perfección humana y profesional posible. Esto requiere infundirle un sentido cristiano profundo, obrando por amor a Dios Padre y con un sincero espíritu de servicio a nuestros hermanos. Así, el quehacer cotidiano se transforma en lugar de encuentro con Cristo.