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Todo Público·14 de septiembre de 2026·Por Padre Juan Carlos Vásconez

El madero que cambió la historia del hombre

El madero de la infamia romana se transfiguró en el altar que transformó la historia: la Cruz no elimina el sufrimiento, sino que lo llena de amor para convertir cada herida en un refugio para los demás.

El patíbulo que desarmó al César


Para la Roma de los césar es, la cruz no admitía metáforas ni romanticismos: era puro espanto. El derecho romano la reservaba como el supplicium servile, el castigo más atroz destinado únicamente a los esclavos rebeldes, a los piratas y a los enemigos declarados del Imperio. Ningún ciudadano romano, por grave que fuera su falta, podía morir crucificado; era una muerte que degradaba, calculada no solo para matar mediante una agonía asfixiante, sino para aniquilar la dignidad del reo exponiéndolo a la burla pública.

Era la máquina del terror que advertía: este es el fin de los vencidos.


Por eso, que el cristianismo eligiera una cruz como distintivo de identidad sigue siendo el escándalo más desconcertante de la civilización. Dios no redimió al mundo desde un estrado de filósofos ni a la cabeza de legiones victoriosas. Decidió subir al cadalso de los desheredados para desarmar la soberbia humana. El instrumento de tortura quedó transfigurado: la madera de la infamia se convirtió en el altar de la Misericordia.


Memoria del 14 de septiembre: Cuando el madero floreció


Cada 14 de septiembre la Iglesia universal celebra la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Su origen se remonta al año 326, cuando la anciana emperatriz Elena excavó en las ruinas del Gólgota y rescató la reliquia del madero sobre el cual se alzó el Redentor, consagrando allí la basílica de la Anástasis o iglesia del Santo Sepulcro.

cruz

Siglos más tarde, en el 628, el emperador Heraclio la recuperó tras haber sido saqueada por los persas. La crónica refiere que, al querer entrar en Jerusalén con fastos y armaduras doradas, sintió un freno invisible en las puertas de la ciudad; solo pudo avanzar cuando el patriarca Zacarías le recordó que Cristo no había llevado ese madero cubierto de oro, sino descalzo y humillado. Despojado de su manto imperial, Heraclio devolvió la Cruz a su sitio.


Si en Occidente la fiesta suele vivirse con sobriedad, en el Oriente cristiano —bizantino y ortodoxo— el 14 de septiembre es una de las celebraciones más solemnes del año litúrgico, vivida con ayuno riguroso. 


En las catedrales orientales, el sacerdote toma la Cruz en alto, adornada copiosamente con ramas frescas de albahaca —la hierba aromática que, según la tradición piadosa, crecía cubriendo el terreno del Calvario—, y la eleva lentamente hacia los cuatro puntos cardinales mientras el pueblo canta cientos de veces el Kyrie eleison. Para ellos no es un símbolo fúnebre: la Cruz es el Árbol de la Vida, cuyas ramas dan sombra al cosmos y anuncian la victoria pascual.


La paradoja de ganar perdiendo


Frente a una cultura contemporánea que huye de cualquier rasguño y busca anestesiar la fragilidad a golpe de evasión o consumo, la advertencia evangélica suena tan cortante como hace dos milenios:


El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí
(Mt 10, 38).


No es una exaltación morbosa del dolor; el dolor en sí mismo no redime a nadie. Lo que salva es el amor que se atreve a gastarse por otros. 


Como recordaba santa Teresa de Calcuta, hay que «amar hasta que duela», porque solo cuando la entrega nos cuesta algo por dentro sabemos que estamos saliendo del encierro de nuestro propio ego.


Esta verdad se hace patente en las encrucijadas cotidianas. Conozco el caso de una familia sacudida por la tragedia inesperada de perder a uno de sus hijos más jóvenes. El hermano mayor, a quien sus amigos apodaban "el tanque" por su carácter firme y disciplinado, sintió la tentación lógica de hundirse junto al resto en la desesperación. 


Sin embargo, comprendió que su papel no era desplomarse, sino convertirse en el pilar donde sus padres pudieran recostarse a llorar. Blindó su ánimo no por frialdad, sino por un amor recio y maduro. Su cruz personal consistió en aguantar el techo para que no se viniera abajo sobre los suyos. Cargar la cruz es precisamente eso: transformar el desgarro interior en un refugio para los demás.


La luz que brota de la herida

Quien protege su vida con excesivo cálculo la asfixia; solo quien se atreve a perderla la encuentra ensanchada. Esta dinámica se comprueba con asombrosa claridad cuando uno se acerca al sufrimiento ajeno. 


En muchas ocasiones he visto a jóvenes estudiantes acudir como voluntarias a las salas de cuidados paliativos de un hospital oncológico. Al inicio iban llenas de recelo, temiendo encontrarse con un ambiente deprimente que las llenaría de tristeza. Sin embargo, al cruzar esa puerta y mirar el dolor de frente, no salían quebradas, sino con una luz singular en los ojos. Al consolar la soledad ajena y donar su tiempo sin esperar nada a cambio, descubrían que las quejas superficiales de su día a día perdían fuerza. Al entregarse, se habían recuperado a sí mismas.


La gran literatura ha sabido plasmar esta ley del corazón humano con maestría insuperable. En las páginas de Tolkien, cuando Frodo yace rendido en las laderas ardientes del Monte del Destino, incapaz de avanzar un milímetro bajo el peso demoledor de su carga, su leal compañero Sam no puede destruir el Anillo por él. La prueba sigue ahí. Pero Sam se inclina sobre el amigo exhausto y pronuncia una de las frases más nobles de la épica:


No puedo cargar el Anillo por usted, pero sí puedo cargarlo a usted.

Esa es la anatomía exacta del misterio cristiano. La Cruz no promete ahorrarnos el camino empinado de la existencia ni elimina mágicamente los contratiempos; nos da los hombros para sobrellevarlos y la mirada para no caminar solos.


Al mirarla el 14 de septiembre, el cristiano no contempla una derrota, sino el ancla firme de quien supo perder la vida para abrirnos, de par en par, las puertas del Cielo.


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