Volver a noticias
Todo Público·7 de octubre de 2026·Por Por P. Juan Carlos Vásconez

Curiosidad: el motor que puede transformar tu fe

Existe un dicho popular bastante injusto que sentencia: «la curiosidad mató al gato». Crecimos asociando la curiosidad con meter la nariz donde no nos llaman o con caer en tentaciones innecesarias.


Existe un dicho popular bastante injusto que sentencia: «la curiosidad mató al gato». Crecimos asociando la curiosidad con meter la nariz donde no nos llaman o con caer en tentaciones innecesarias. 


Sin embargo, la curiosidad no solo envió al rover Curiosity a recorrer los cráteres de Marte, ni se limitó a permitir que Alexander Fleming descubriera la penicilina al fijarse con atención en un plato de cultivo olvidado. Fue el inicio de algo grande.


La curiosidad es una de las fuerzas más potentes del corazón humano: es el deseo intrínseco de buscar la verdad. El problema nunca ha sido tener curiosidad, sino hacia dónde decidimos enfocarla. Esta meditación lo explica más: Para que tu fe sea solida 


foto


Cuando la curiosidad se desvía: el peligro del chisme


Hay un tipo de curiosidad que no construye, sino que marchita el alma: la que se transforma en morbo, cotilleo y chisme.


Es esa inclinación malsana por escudriñar la vida ajena, por enterarnos del fallo del compañero o por erigirnos en jueces improvisados capaces de «adivinar» las intenciones interiores del prójimo. Pretender ver la interioridad de los demás no es prudencia; es soberbia. 

Siglos antes de que existieran los algoritmos y las pantallas táctiles, Santo Tomás de Aquino ya describió con asombrosa precisión el fenómeno del scroll infinito en la Suma Teológica. Al analizar los apetitos del alma, distinguió dos actitudes opuestas frente al saber: la studiositas y la curiositas.

La curiositas no es simplemente querer saber cosas malas; es, sobre todo, una inquietud dispersa, vana e inmoderada. Santo Tomás explica que este vicio se manifiesta de formas muy concretas:

  • Cuando buscamos novedades superficiales para huir del deber presente.

  • Cuando saltamos de un estímulo a otro sin profundizar en ninguno, picoteando datos que no nos transforman por dentro.

  • Cuando queremos enterarnos de cosas que no nos corresponden, como la vida ajena o el chisme, en lugar de atender lo esencial.

¿No es exactamente la experiencia de perderse una hora en TikTok, Reels o YouTube Shorts? Pasamos de una receta a un baile, de una noticia trágica a un meme, en fragmentos de treinta segundos. Esa sobredosis de estímulos genera la ilusión de estar informados o entretenidos, pero deja el alma vacía, aturdida e incapaz de silencio. Puedes profundizar con esta meditación: ¿dónde se me está yendo la vida?

La curiositas nos convierte en nómadas superficiales que miran todo sin contemplar nada. Pretendemos incluso juzgar la interioridad ajena con un vistazo rápido, olvidando que solo Dios conoce el corazón del hombre. 


La santa inquietud: una fuerza que te pone en movimiento

La alternativa a la dispersión digital no es la apatía ni el desinterés. Es la buena curiosidad, esa santa inquietud que no te deja instalado en el sofá ni hipnotizado por la pantalla. Es la fuerza que te impulsa a salir al encuentro de la realidad, del prójimo y de Dios. 

Piensa en los Reyes Magos. No se quedaron cómodos en sus palacios contemplando una estrella curiosa como quien mira un adorno lejano. Su curiosidad por descubrir al Salvador fue tan viva que los puso en camino, cruzando desiertos en una auténtica peregrinación hasta encontrar al Niño. 


La buena curiosidad siempre implica movimiento: te desinstala. ¿Alguna vez te has preguntado con honestidad: «¿Por qué tengo que ir a Misa los domingos?», «¿Por qué me confieso?» o «¿Por qué la Iglesia enseña esto y no aquello?»


Tener dudas no es señal de debilidad en la fe; el peligro está en dejarlas morir en el vacío o resolverlas con pereza. La buena curiosidad ante los misterios de la fe nos empuja a formarnos, a leer, a preguntar a un buen guía espiritual y a profundizar en la doctrina. Jesús mismo nos recuerda en el Evangelio que nada hay oculto que no haya de ser revelado (Lc 8, 17). 


Dios no juega a esconderse; se complace en dejarse encontrar por los que buscan con corazón sincero.


Tres claves para entrenar la curiosidad constructiva


  • Pregúntate el «para qué» antes del «qué»: Antes de indagar en algo, pregúntate si saberlo te ayudará a amar más a Dios y a los demás, o si solo alimenta el morbo.


  • Transforma tus dudas de fe en horas de estudio y oración: Si una enseñanza te cuesta o no la entiendes, no la descartes; tómala como una invitación personal a profundizar.


  • Busca lo esencial en las personas: En vez de querer saber los defectos del otro, despierta la curiosidad por conocer sus virtudes, sus anhelos y cómo puedes servirle mejor en su vida ordinaria.


La santidad no es para espíritus adormecidos ni indiferentes. Que la curiosidad no te pierda en cosas vanas, sino que te encienda, te ponga en camino y te acerque, cada día un poco más, a la Verdad con mayúscula.


Compartir

WhatsAppFacebook
Ver todas las noticias