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Blog·28 de agosto de 2026·Por P. Carlos Ayala

El amor de Cristo nos urge

Mons. Juan Larrea Holguín hizo de cada tarea cotidiana un camino para encontrar a Dios y servir a los demás. Su vida mostró que la santidad se construye en lo ordinario, vivido con amor, fidelidad y entrega.

Mons. Juan Larrea Holguín aparece como un hombre de profunda unidad de vida: jurista, profesor, sacerdote, obispo y pastor, pero sobre todo un cristiano que procuró encontrar a Dios en cada circunstancia concreta de su existencia. Su grandeza no estuvo solamente en la importancia de los cargos que ocupó o en la amplitud de su obra intelectual, sino en la manera sencilla, constante y fiel con la que vivió cada jornada.


El encuentro con san Josemaría Escrivá marcó profundamente su vida. Descubrió que la santidad no exige abandonar las realidades ordinarias, sino convertirlas en ocasión de amor a Dios y de servicio a los demás. Desde entonces, el trabajo profesional, el estudio, la amistad, el apostolado y posteriormente el ministerio sacerdotal y episcopal formaron parte de una misma vocación.


Como pastor se distinguió por su amor a Cristo y a la Iglesia, expresado en su lema episcopal, Caritas Christi urget nos —“El amor de Cristo nos urge”—. Ese amor se manifestó en su dedicación a las personas, en la formación de sacerdotes y laicos, en la predicación, en el estudio y en el cumplimiento responsable de innumerables tareas pastorales.


También destacan en él su sencillez y humanidad. Su afición por la pintura, su capacidad de cambiar de actividad para descansar, su cercanía en el trato y su enorme disciplina intelectual revelan una personalidad equilibrada, capaz de integrar oración, trabajo y descanso.


Los últimos años de enfermedad mostraron de manera especial la profundidad de su vida interior. El sufrimiento no anuló su entrega, sino que se convirtió en otra forma de ofrecerse a Dios y servir a la Iglesia.


Por eso, la figura del Siervo de Dios Juan Larrea Holguín puede resumirse como la de un hombre que mostró que una vida ordinaria, vivida con extraordinario amor, puede convertirse en camino de santidad. Su testimonio invita a descubrir a Dios precisamente allí donde transcurre nuestra existencia cotidiana: en el trabajo bien hecho, en el servicio, en la amistad, en las dificultades y en la fidelidad de cada día.


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