
Santos Joaquín y Ana: cuando esperar también es amar
La historia de los santos Joaquín y Ana nos recuerda que la espera no siempre es un tiempo perdido. A veces, mientras parece que Dios guarda silencio, está preparando algo mucho mayor de lo que imaginamos.
Hay esperas que parecen vacías: oraciones que se repiten durante años, deseos buenos que no se cumplen y puertas que permanecen cerradas mientras el tiempo sigue avanzando. Así debieron vivir durante mucho tiempo Joaquín y Ana, los padres de la Virgen María. La tradición cuenta que envejecieron sin tener hijos, cargando con una ausencia que seguramente no comprendían. Deseaban algo bueno, pero ese bien no llegaba. Y, sin embargo, no permitieron que la espera apagara su confianza en Dios.
No conocemos muchos detalles de su vida. No aparecen pronunciando grandes discursos ni realizando obras extraordinarias. Su santidad se fue construyendo en silencio, dentro de un hogar, mientras aprendían a convivir con una pregunta que todavía no tenía respuesta. San Josemaría advertía que pocas cosas provocan tanta tristeza como una esperanza mal depositada. El problema no está en desear una vida mejor, una familia, una relación que nos haga felices o un futuro seguro. El problema comienza cuando esperamos que una persona, un proyecto o una circunstancia haga por nosotros lo que solo Dios puede hacer: salvarnos del miedo, de la soledad y de esa sensación profunda de que algo nos falta.
Las personas pueden amarnos, pero también pueden fallarnos. Los planes pueden entusiasmarnos, pero también pueden cambiar. Lo que hoy parece asegurarnos la felicidad mañana puede desaparecer. Por eso, solo Dios puede sostener una esperanza que no termine en desilusión. Joaquín y Ana tuvieron que aprenderlo de una manera muy concreta. A medida que pasaban los años, la posibilidad de tener un hijo parecía cada vez más lejana. Podrían haberse llenado de amargura, haber dejado de pedir o haber buscado otras cosas con las que distraer aquella ausencia. Pero siguieron esperando, no con la ingenuidad de quien se convence de que todo saldrá exactamente como desea, sino con la confianza de quien sabe que Dios puede estar obrando incluso cuando todavía no se ve nada.
La esperanza cristiana no consiste en imaginar que las dificultades desaparecerán pronto. Tampoco significa cerrar los ojos ante el dolor y repetir que todo estará bien. Esperar en Dios es creer que ninguna herida, ninguna pérdida y ninguna oración aparentemente no escuchada quedan fuera de su Providencia. Jesús lo explicó mediante la parábola del trigo y la cizaña. Un hombre sembró buena semilla en su campo, pero durante la noche apareció también la mala hierba. Sus trabajadores quisieron arrancarla de inmediato, pero el dueño les pidió que dejaran crecer ambas hasta la cosecha, para no destruir también el trigo.
A veces queremos que Dios arranque cuanto antes todo aquello que nos incomoda: una enfermedad, una dificultad familiar, una herida antigua, una incertidumbre o una espera que se hace demasiado larga. Sin embargo, Dios ve lo que nosotros todavía no podemos ver. Tal vez algunas de esas circunstancias que parecen estorbar estén preparando en nosotros algo que no podría nacer de otra manera. Quizás la espera no sea un tiempo perdido, sino el lugar donde Dios ensancha el corazón para que pueda recibir un don mayor.
Eso ocurrió con Joaquín y Ana. La ausencia de un hijo no fue el final de su historia, sino la antesala de algo que jamás habrían podido imaginar. Cuando toda esperanza humana parecía agotada, recibieron a María, la mujer que un día respondería “sí” a Dios y se convertiría en la Madre de Jesús. Durante años pidieron una vida nueva y Dios les confió a quien llevaría dentro al autor de la Vida. La promesa tardó, pero su cumplimiento superó todo lo que ellos habían esperado.
Su misión, además, no terminó con el nacimiento de María. En la sencillez de su hogar le enseñaron a rezar, a escuchar la Palabra de Dios y a reconocer su presencia en la vida cotidiana. Antes de que María enseñara a Jesús sus primeras oraciones, probablemente alguien se las enseñó a ella. Por eso, la Iglesia reconoce en los santos Joaquín y Ana a los abuelos de Jesús y celebra en ellos la vocación de tantos abuelos que transmiten la fe sin hacer ruido: aquellos que enseñan a persignarse, cuentan las historias de la familia, rezan por sus nietos y mantienen encendida una luz cuando otros atraviesan momentos de oscuridad.
Tal vez los abuelos no lleguen a ver todo el fruto de lo que sembraron, pero su amor prepara el terreno para las generaciones que vienen detrás. Esa es también una forma de esperanza: sembrar el bien confiando en que Dios sabrá hacerlo crecer. La vida de Joaquín y Ana nos recuerda que no todo vacío debe llenarse de inmediato y que no toda espera significa que Dios se ha olvidado de nosotros. A veces, precisamente cuando parece que nada está ocurriendo, Él está preparando algo que todavía no tenemos capacidad de comprender.
Esperar en Dios deja dentro de nosotros un espacio abierto, parecido al hambre y a la sed. María lo expresaría más tarde en el Magníficat: “A los hambrientos los colmó de bienes”. Sus padres conocieron bien esa hambre. Esperaron, confiaron y recibieron mucho más de lo que habrían podido pedir. Joaquín y Ana nos enseñan que esperar no es quedarse inmóviles, sino permanecer fieles mientras Dios prepara, en silencio, el cumplimiento de sus promesas.