
Mons. Juan Larrea Holguín: la grandeza escondida en una vida ordinaria
Mons. Juan Larrea Holguín fue un hombre de una actividad intelectual y pastoral extraordinaria, que aprendió a descubrir el valor de las cosas sencillas que llenaban un día: trabajar, estudiar, conversar, servir, descansar y volver a empezar.
Mons. Juan Larrea Holguín fue un hombre de una actividad intelectual y pastoral extraordinaria, que aprendió a descubrir el valor de las cosas sencillas que llenaban un día: trabajar, estudiar, conversar, servir, descansar y volver a empezar.
Una vida que comenzó a verse de otra manera
Aquel modo de mirar la realidad tenía una raíz profunda. Siendo un joven estudiante de Derecho en Roma conoció a san Josemaría Escrivá y descubrió un mensaje que transformaría su manera de entender la propia existencia: la grandeza de la vida ordinaria. En 1949 pidió la admisión en el Opus Dei y se convirtió en el primer ecuatoriano en formar parte de la Obra. No había descubierto una forma de alejarse de sus ocupaciones para acercarse a Dios, sino justamente lo contrario: había comprendido que Dios podía esperarlo dentro de aquello que ya llenaba su vida.
Por eso, cuando regresó al Ecuador, el trabajo no fue simplemente una obligación profesional. Fue abogado, profesor universitario, estudioso y escritor, y llegó a desarrollar una enorme obra jurídica. Sin embargo, en medio de esa actividad también realizó un intenso apostolado con las personas que encontraba a través de su profesión. El escritorio, el aula, una conversación o una tarea que exigía horas de concentración podían convertirse en lugares de encuentro con Dios. La santidad no estaba reservada para momentos excepcionales; podía comenzar en la forma de hacer bien aquello que correspondía hacer ese día y en la manera de tratar a la persona que tenía delante.
Cambiaron sus tareas, pero no la manera de vivirlas
Con el tiempo, Dios puso en sus manos responsabilidades muy distintas. Juan Larrea fue ordenado sacerdote y más adelante sería obispo de Ibarra, primer obispo castrense del Ecuador y arzobispo de Guayaquil. Su vida comenzó a llenarse de predicación, visitas pastorales, formación de sacerdotes y nuevas responsabilidades al servicio de la Iglesia. Había cambiado mucho respecto de aquel joven abogado, pero en el fondo seguía viviendo la misma llamada: entregar a Dios el trabajo concreto que cada etapa traía consigo.
Su lema episcopal, Caritas Christi urget nos —“El amor de Cristo nos urge”— ayuda a comprender esa unidad. No se trataba simplemente de llenar las horas de actividades o de acumular obras y responsabilidades, sino de dejar que el amor de Cristo diera sentido a aquello que hacía. Quizá por eso en su vida cabían con tanta naturalidad los grandes encargos y los pinceles, los libros de Derecho y la atención a las personas, las horas de estudio y los momentos de descanso. No había una parte importante y otra insignificante: toda la vida podía convertirse en respuesta a Dios.
Cuando lo ordinario se volvió difícil
Esa manera de vivir también fue puesta a prueba. Desde 1996 padeció cáncer y atravesó una enfermedad larga y dolorosa. Durante aquellos años continuó, en la medida de sus posibilidades, con su trabajo pastoral e intelectual y mantuvo una intensa vida de oración. Aquello que había aprendido tantos años antes adquiría entonces una profundidad nueva: buscar a Dios en la vida de cada día significaba encontrarlo también en una realidad que él no había elegido.
Mons. Juan Larrea murió en 2006 y hoy la Arquidiócesis de Guayaquil promueve su causa de beatificación y canonización. Su vida podría contarse a partir de sus títulos, de sus libros o de los cargos que ocupó, pero quizá lo más valioso aparece cuando miramos algo más sencillo: la unidad de una vida en la que el trabajo, el servicio, el descanso y también el sufrimiento fueron lugares donde procurar amar a Dios.
Tal vez por eso su historia tiene algo muy concreto que decirnos. La mayoría de nuestros días tampoco están hechos de acontecimientos extraordinarios. Están hechos de trabajo, familia, pendientes, conversaciones, cansancio, pequeños momentos de alegría y responsabilidades que vuelven una y otra vez. Mons. Juan Larrea descubrió que no era necesario esperar una vida distinta para encontrar a Dios. La vida que ya tenemos puede convertirse en el lugar donde Él haga su obra.