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Todo Público·15 de septiembre de 2026·Por Padre Juan Carlos Vasconez

La dictadura del Me gusta en tu vida espiritual

¿Rezas para encontrarte con Dios o para tener una frase bonita que compartir?

Vivimos en una cultura donde parece que lo que no se publica no existe. El peligro comienza cuando esa misma lógica, sutil e invasiva, cruza las puertas del oratorio y contamina nuestra vida espiritual


Te arrodillas, abres el Evangelio o te quedas en silencio frente al Sagrario, y de repente te descubres pensando: ¡Qué buena idea para un reel!, Esta frase quedaría perfecta en mi historia de Instagram o Con esto armo un hilo que se va a viralizar


Sin darnos cuenta, el corazón deja de estar puesto en el Huésped divino y pasa a estar pendiente de la audiencia digital. Hemos cambiado la mirada de Dios por el aplauso efímero de las notificaciones.


La pureza de mirada: ¿qué es la rectitud de intención?


En la tradición espiritual clásica existe un concepto indispensable para desenmascarar esta trampa: la rectitud de intención. No es otra cosa que buscar a Dios únicamente por quien Él es, despojándonos del deseo secreto de buscarnos a nosotros mismos en lo que hacemos por Él. 


San Agustín y Santo Tomás de Aquino hablaban con hondura del ordo amoris, ese orden interior que coloca a Dios en el centro supremo, a los demás como prójimos a quienes servir y a las cosas, incluidos los algoritmos, los comentarios y las métricas, en su justo y modesto lugar.


Tener rectitud de intención en la oración significa entrar al diálogo divino con las manos vacías y la mirada limpia. Si rezamos para sentirnos admirados, para alimentar la vanidad de ser vistos como almas profundas o para acumular material para nuestro siguiente post, hemos corrompido el fin. 

San Josemaría solía advertir con insistencia contra el peligro de buscar en la devoción un espejo para contemplar nuestro propio ego en lugar de contemplar a Jesucristo. Cuando la intención se tuerce, el tiempo de intimidad se degrada en una simple sesión de trabajo editorial.


El jardín cerrado: las cosas que solo pertenecen a la intimidad con Dios


El alma humana no es una plaza pública donde todo deba ser expuesto, fotografiado y comentado. En la Sagrada Escritura, el alma enamorada es descrita como un «huerto cerrado», una «fuente sellada» (Cantares 4, 12). Hay gracias, lágrimas, sequedades, luces y combates interiores que nacen únicamente para Dios y que jamás deberían salir de ese santuario secreto.


Como enseñaban los grandes maestros de la vida interior, el Espíritu Santo es amigo del sosiego, del recogimiento y del pudor espiritual. Cuando una intuición íntima de la oración se lanza apresuradamente a las redes sociales para mendigar aprobación social, con frecuencia se disipa el perfume de la gracia. 


Decía el polacoi Czesław Miłosz poeta y premio Nobel de Literatura de 1980, que convertir la propia intimidad en espectáculo es una forma de traición a uno mismo. Aprender a callar, guardar secretos con el Señor y resistir la tentación de convertir cada suspiro interior en contenido es el verdadero termómetro de la madurez espiritual.


La regla de oro para la vida espiritual del evangelizador: primero ser, luego parecer


Para quienes sienten la llamada a la misión digital, esta tentación es doblemente seductora. Es fácil disfrazar la vanidad personal de «celo pastoral», convenciéndonos de que publicar todo lo que sentimos es necesario para «inspirar a otros». Pero el principio fundante de cualquier apostolado es innegociable: nadie puede dar lo que no tiene, y jamás se puede poner el parecer por encima del ser.


Una presencia digital que no esté respaldada por horas de oración callada, silenciosa y sin cámaras es una cáscara vacía. Si tu personaje en línea parece más santo, más fervoroso o más compasivo que lo que vives a solas en tu cuarto, en tu familia o en el trabajo ordinario, estás viviendo un espejismo peligroso. 


Los apóstoles del siglo XXI necesitan volver a la fuente: la fuerza de las palabras no viene del número de seguidores ni de la estética del diseño, sino de la santidad real y oculta de quien las pronuncia. Si el algoritmo no tiene alma, quien está tras la pantalla debe tenerla llena de Dios.


Dios no escanea perfiles: Él habita en las conciencias


El evangelio de san Mateo nos lo advierte con una claridad que corta el aliento:

Cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará (Mt 6, 6).

Dios no mira las estadísticas de interacción, no lee comentarios de elogio ni se deja deslumbrar por la imagen pública que proyectamos. Dios mira el corazón. Es en lo profundo de la conciencia, allí donde se apagan los teléfonos y no queda nadie salvo Él y tu verdad desnuda, donde se libra la verdadera batalla de la fe. 


Dejemos de mendigar migajas de dopamina humana frente a la pantalla cuando en el Sagrario nos espera la plenitud de un Dios que nos ama por lo que somos, no por la repercusión que logramos generar.


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