
Luz que nunca se apaga
Hay momentos en los que el camino parece incierto y necesitamos una luz que nos devuelva la esperanza. La Transfiguración nos recuerda que, incluso antes de la Cruz, Cristo nos deja ver su gloria para enseñarnos que la oscuridad nunca tiene la última palabra.
Hay momentos en la vida en los que necesitamos una luz. No necesariamente una solución para todo, sino una luz que nos ayude a seguir caminando cuando no entendemos lo que está pasando.
La Transfiguración del Señor es uno de esos momentos.
Jesús lleva a Pedro, Santiago y Juan a un monte alto. Allí, mientras ora, su rostro resplandece y sus vestidos se vuelven blancos como la luz. Los discípulos contemplan por un instante la gloria de Cristo (cf. Mt 17,1-9).
Pedro no puede contenerse:
«Señor, qué bien estamos aquí» (Mt 17,4).
Es fácil entenderlo. Cuando sentimos especialmente cerca a Dios, querríamos que ese momento no terminara nunca.
Pero el Tabor no es el destino final. Hay que bajar del monte.
Una luz para la Cruz
Poco antes, Pedro había confesado que Jesús era el Cristo, pero no había entendido que el camino del Mesías pasaba por la Cruz. Para él, el sufrimiento parecía incompatible con la victoria de Jesús.
También nosotros podemos pensar así. Cuando llegan las dificultades, podemos preguntarnos si Dios sigue realmente con nosotros.
Por eso Jesús permite que sus discípulos contemplen su gloria.
La Transfiguración es una luz para la oscuridad que vendrá. La Cruz no tendrá la última palabra. Después de la muerte llegará la Resurrección.
San Josemaría contempla así el rostro de Cristo:
«¡Jesús: verte, hablarte! ¡Permanecer así, contemplándote, abismado en la inmensidad de tu hermosura…!»
(Santo Rosario, Apéndice, 4.º misterio de Luz).
También nosotros necesitamos aprender a mirar a Jesús. Cuando no entendamos, mirarlo. Cuando tengamos miedo, mirarlo. Cuando las cosas no salgan como esperábamos, volver a Él.
Escuchadle
En el Tabor se escucha la voz del Padre:
«Este es mi Hijo, el Amado, en quien me he complacido: escuchadle» (Mt 17,5).
No dice solamente «miradlo». Dice «escuchadle».
La oración comienza muchas veces así: haciendo silencio para escuchar a Jesús.
San Josemaría lo expresa con una oración sencilla:
«Señor nuestro, aquí nos tienes dispuestos a escuchar cuanto quieras decirnos. Háblanos; estamos atentos a tu voz».
(Santo Rosario, Apéndice, 4.º misterio de Luz).
¿Qué quiere decirme Jesús hoy?
Quizá necesito confiar más. Perdonar. Servir. Aceptar una dificultad. Dejar en sus manos algo que intento controlar.
Escuchar a Jesús significa también estar dispuesto a dejar que su palabra transforme nuestra vida.
Bajar del monte
Pedro quería quedarse allí, pero Jesús les hace bajar.
La contemplación cristiana no consiste en escapar de la vida. San Josemaría recordaba que los hijos de Dios estamos llamados a ser «contemplativos en medio del fragor de la muchedumbre» (Forja, 738).
La luz recibida en la oración tiene que acompañarnos en lo cotidiano: en el trabajo, en la familia, en las tareas que cuestan, en las pequeñas contrariedades.
Un rato de oración puede enseñarnos a mirar de otra manera aquello que tenemos delante.
Por eso, quizá la pregunta no sea solamente:
¿Cómo puedo quedarme en el Tabor?
Sino:
¿Cómo puedo llevar la luz de Jesús conmigo cuando baje del monte?
Porque habrá días luminosos y habrá días oscuros. Pero Jesús permanece.
Y cuando llegue la noche, podremos recordar que la Cruz no es el final. Cristo es la luz que nunca se apaga.
Para rezar
Busca unos minutos de silencio. Mira a Jesús y dile:
Señor, aquí estoy.
Quiero mirarte.
Quiero escucharte.
Háblame.
Enséñame a confiar en Ti cuando llegue la Cruz.
Y ayúdame a llevar tu luz a mi vida cotidiana.