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blog·14 de agosto de 2026·Por Por P. Juan Carlos Vasconez

¿Qué hacer cuando te han herido en la casa de Dios?

A veces llegamos a Misa buscando paz y encuentro con Dios, pero nos encontramos con actitudes que duelen o decepcionan. ¿Para qué volver? La respuesta está en recordar que nuestra fe no depende de la perfección de los hombres, sino de la fidelidad de Jesucristo.

Un domingo vienes a misa buscando paz, un momento de encuentro con el Señor o consuelo en medio de una semana agitada. 


Sin embargo, en lugar de eso, te encuentras con un trato frío: un sacerdote que te responde con prisa o cansancio, o un servidor de la parroquia que te pide moverte con brusquedad o mala cara, o te pitan para que te estaciones pronto.


La fricción duele, e instintivamente surge una pregunta: Si aquí me tratan así, ¿para qué vuelvo?.


Es una reacción humana y comprensible. En entornos donde buscamos excelencia, respeto y acogida, encontrar imprudencia o falta de delicadeza desconcierta. Sin embargo, la fe no se sostiene en la perfección de los hombres, sino en la fidelidad de Jesucristo.


La Iglesia: un hospital de campaña, no un museo de santos

San Josemaría nos recordaba con frecuencia que la Iglesia está formada por hombres y mujeres débiles, con virtudes y con miserias. Ni los sacerdotes ni los servidores del altar dejamos de ser seres humanos imperfectos. 


El cansancio, las prisas, el estrés o sencillamente la falta de tino a veces nos hacen fallar en el testimonio de caridad que debemos dar.


Cuando alguien en la parroquia te desatiende o te trata mal, no está representando el corazón de Cristo. Reconocer esa distinción es el primer paso para curar la herida: quien te falló fue una persona concreta, no Dios ni la Iglesia.

Mirar a Cristo, no a los instrumentos

En el Evangelio, los mismos apóstoles mostraron torpeza e impaciencia muchas veces: quisieron alejar a los niños que se acercaban a Jesús, pretendieron bajar fuego del cielo sobre un pueblo e incluso discutían por quién era el más importante.


Si nuestra fe dependiera únicamente de la simpatía o buen humor del personal parroquial, nuestra relación con Dios sería muy frágil. 


Como decía el salmista:


Es mejor refugiarse en el Señor que confiar en los hombres (Salmo 118, 8).


En la Eucaristía no venimos a encontrarnos con la amabilidad del servidor de puerta, sino con la presencia real e infinita de Jesús.


Del dolor a la caridad comprensiva

Sentir molestia es natural, pero no te quedes en el resentimiento:


  • Ora por quien te agravió: El sacerdote cansado o el voluntario imprudente también cargan sus propias cruces, preocupaciones y fragilidades.
  • Practica la corrección fraterna: Si el episodio fue grave, se puede conversar con serenidad y caridad para ayudar a mejorar el servicio del templo.
  • No te prives de los Sacramentos: No permitas que el error o la falta de educación de otra persona te prive del abrazo de la Confesión o del alimento de la Eucaristía.

Dios te espera en su casa

La Iglesia es la casa de todos. Trabajamos día a día para que sea un lugar de acogida, elegancia interior y paz, pero sabemos que a veces fallamos en el trato. Si alguna vez te has sentido juzgado, apartado o maltratado en este templo, te pedimos perdón de corazón.


Que ninguna imperfección humana te aleje del amor infinito de Dios. El Señor te espera con los brazos abiertos en el Santísimo Sacramento; acércate con la certeza de que Él nunca te fallará.


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