Iglesia San Josemaría
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Blog·16 de julio de 2026

Un hombre impulsivo que aprendió a entregar toda su fuerza por Cristo.

Santiago, con su hermano Juan y con Pedro, forman parte de un grupo privilegiado dentro de los elegidos. Todos serán testigos de la vida, muerte y resurrección de Nuestro Señor, pero estos tres podrán observar más de cerca.

Santiago no era un hombre tranquilo. Tenía un carácter fuerte, hacía preguntas directas y quería llegar siempre hasta el final. Jesús lo conocía bien. Por eso, a él y a su hermano Juan los llamó “hijos del trueno”.

Pero Cristo no apagó ese fuego. Lo transformó.

Santiago fue uno de los primeros en dejar sus redes para seguirlo. Desde entonces, vivió cerca del Maestro: contempló su gloria en la Transfiguración, presenció sus milagros y estuvo junto a Él en la noche más dolorosa, cuando Jesús pidió a sus amigos que permanecieran despiertos en el Huerto de los Olivos.

Allí, Santiago descubrió que seguir a Cristo no consistía únicamente en compartir sus triunfos. También significaba permanecer a su lado cuando no se entendía nada, cuando el miedo vencía y cuando la amistad dolía.

Años después, esa amistad lo llevaría hasta el martirio. Santiago fue el primer apóstol en morir por Cristo. Herodes mandó ejecutarlo a espada hacia el año 42. Los Hechos de los Apóstoles cuentan su muerte en una sola frase, pero detrás de esas pocas palabras estaba una vida entregada por completo.

La tradición afirma que antes había llevado el Evangelio hasta Hispania, casi en los límites del mundo conocido. Sus restos fueron venerados después en Galicia, en el lugar que hoy conocemos como Santiago de Compostela.

Desde entonces, millones de peregrinos han recorrido el Camino de Santiago. Tal vez porque su historia sigue recordándonos algo: la fe no es quedarse quieto. Es dejar las redes, caminar sin tener todas las respuestas y permitir que Dios transforme nuestro carácter, nuestra prisa y hasta nuestras debilidades en una misión.

Santiago comenzó siendo un hijo del trueno. Terminó convirtiéndose en un testigo que llevó su amor por Cristo hasta las últimas consecuencias.