
Tomar la cruz: aprender a abrazar la realidad con amor
Tomar la cruz no es resignarse, sino aprender a abrazar la realidad con amor, incluso cuando no es la que habríamos elegido. La mortificación y la penitencia nos ayudan a vivir con más libertad y menos egoísmo. Con Cristo, incluso lo que cuesta puede convertirse en una ocasión para amar.
Hablar de la Cruz no siempre es fácil. Puede sonar a resignación, sufrimiento o a una invitación a aguantar en silencio lo que nos toca vivir. Pero en una charla Off Air de La Plena, el P. Patricio Zambrano planteó una idea distinta: para un cristiano, tomar la cruz no significa buscar el dolor ni conformarse con él. Significa aprender a abrazar la realidad con amor, también cuando esa realidad no es la que habríamos elegido.
La Cruz cambia de sentido en Cristo
La Cruz está en el centro de la vida cristiana porque ahí Cristo entrega su vida por nosotros. Lo que humanamente parece una derrota se convierte en el lugar de la salvación. La muerte no tiene la última palabra porque después de la Cruz viene la Resurrección.
Por eso el cristianismo no ve la Cruz como algo bueno por el sufrimiento que contiene. Su valor está en lo que Cristo hace con ella. Jesús transforma un instrumento de muerte en una expresión de amor. Desde ahí podemos entender también nuestras propias cruces: el dolor no deja de doler, pero puede adquirir un sentido cuando lo vivimos unidos a Él.
Tomar la cruz no es resignarse
Jesús dice: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga”. Esa cruz diaria tiene muchas formas. Puede ser una preocupación que no se resuelve, una responsabilidad que cuesta, una decepción, convivir con los defectos de alguien o aceptar que un plan no salió como esperábamos.
Nada de eso implica quedarse pasivo frente a una situación que podemos mejorar. Tampoco significa pensar que todo lo que nos ocurre es bueno. Hay problemas que debemos enfrentar, injusticias que debemos corregir y decisiones que debemos cambiar.
Pero hay circunstancias que no podemos controlar. Ahí aparece una pregunta importante: ¿cómo voy a vivir esto que no puedo cambiar?
Aceptar la Cruz no es decir “no queda otra”. Es decidir que una dificultad no nos quite la capacidad de amar. Podemos vivir el cansancio sin descargarlo sobre los demás, atravesar una espera sin instalarnos en la amargura o aceptar una limitación sin permitir que defina toda nuestra vida.
¿Dónde entra la mortificación?
La mortificación y la penitencia pueden parecer conceptos lejanos, pero tienen mucho que ver con la libertad. Consisten en pequeñas renuncias voluntarias que nos ayudan a no vivir gobernados por nuestros impulsos, caprichos o comodidades.
A veces será levantarnos cuando deberíamos, aunque queramos seguir durmiendo. Otras veces será callar una respuesta hiriente, dejar el celular para prestar atención, terminar bien un trabajo cuando nadie nos supervisa o renunciar a algo que queremos para servir a otra persona.
No se trata de acumular incomodidades ni de demostrar fuerza de voluntad. La mortificación cristiana tiene sentido cuando nace del amor. Nos entrena para decirle que no a algo pequeño y poder decirle que sí a algo mayor. También nos recuerda que la vida cristiana no depende solo de nuestro esfuerzo. Necesitamos la oración, los sacramentos y la gracia de Dios.
Transformar lo que no elegimos
San Josemaría hablaba de hacer del sufrimiento algo fecundo. No porque el dolor sea deseable, sino porque incluso aquello que no elegimos puede convertirse en una ocasión para amar.
El Evangelio utiliza la imagen del grano de trigo que cae en tierra y muere para dar fruto. En nuestra vida también hay cosas que necesitan morir: el orgullo, la necesidad de tener siempre la razón, la comodidad, el egoísmo o la idea de que todo debe salir según nuestros planes.
Tomar la cruz cada día es dejar que esas pequeñas muertes nos hagan más libres. Es mirar la realidad de frente, sin idealizarla y sin huir de ella, y preguntarnos cómo podemos amar dentro de lo que hoy nos toca vivir.
La Cruz cristiana no es una invitación a la resignación. Es una invitación a vivir nuestra realidad con Cristo y convertirla, incluso cuando pesa, en un lugar donde también puede crecer el amor.