
«Señora, que sea»: la oración de san Josemaría a la Virgen del Pilar
Antes de descubrir lo que Dios quería de él, san Josemaría acudía cada día a la Virgen del Pilar con una petición sencilla: que se cumpliera la voluntad de Dios, aunque todavía no supiera cuál era.
En los años veinte, un joven Josemaría Escrivá recorría diariamente las calles de Zaragoza para visitar a la Virgen del Pilar. Estudiaba para ser sacerdote y tenía una inquietud que no lograba descifrar del todo: intuía que Dios le pedía algo, pero todavía no sabía qué era.
Su devoción a la Virgen venía de familia. Sus padres se la habían transmitido desde pequeño y, con los años, acudir al Pilar se convirtió en parte de su vida cotidiana. Allí rezaba, como tantos otros fieles, ante la imagen de Nuestra Señora. Hacía fila para besar la columna y volvía una y otra vez con la misma petición.
Domina, ut sit! —¡Señora, que sea!—.
No pedía que se cumplieran sus propios planes. Pedía algo mucho más profundo: que llegara a realizarse aquello que Dios quería de él, incluso antes de conocerlo.
Una oración grabada con un clavo
En su habitación del seminario tenía una pequeña imagen de yeso de la Virgen del Pilar. No era especialmente bonita ni valiosa, pero ante ella confiaba sus inquietudes a la Virgen.
La oración era tan constante que un día tomó un clavo y grabó aquellas palabras en la base de la estatuilla: Domina, ut sit!. Junto a ellas dejó una fecha: 24 de mayo de 1924.
Cuatro años después, el 2 de octubre de 1928, san Josemaría comprendió la misión que Dios le confiaba: recordar al mundo que todos estamos llamados a la santidad y que podemos encontrar a Dios en medio de nuestras ocupaciones ordinarias, en el trabajo, en la familia y en la vida de cada día.
Aquella misión, que daría origen al Opus Dei, había estado precedida por años de oración, de búsqueda y de confianza en la Virgen.
Pero la historia de la pequeña imagen no terminó allí.
Cuando Josemaría dejó Zaragoza, la estatuilla quedó atrás. Pasaron los años y, en 1960, estando en Roma, una mujer del Opus Dei le llevó una imagen que había pertenecido a él y que unos familiares habían conservado en Zaragoza.
Al principio no la reconoció. Hasta que le mostraron su base.
Allí seguían grabadas, con la punta de aquel clavo, las palabras que había repetido tantos años antes: Domina, ut sit!.
Para san Josemaría, encontrar aquella imagen fue volver a uno de los momentos más íntimos de su historia con Dios: cuando todavía no conocía su misión, pero ya había decidido ponerse en sus manos.

Quizás lo más cercano de esta historia sea que san Josemaría tampoco tenía todas las respuestas. Como nos sucede muchas veces, había preguntas sobre su futuro, decisiones que tomar y un camino que todavía no conseguía ver con claridad. Y, sin embargo, su oración no era simplemente pedirle a la Virgen que le mostrara lo que vendría después. Era pedirle que lo ayudara a estar dispuesto a lo que Dios quisiera.
Porque confiar en Dios no significa necesariamente saber hacia dónde vamos. Significa aprender a caminar con Él, incluso cuando todavía no vemos todo el camino.
También nosotros podemos acudir a la Virgen con nuestras inquietudes: una decisión importante, una vocación que intentamos descubrir, una dificultad familiar, un proyecto que no sale como esperábamos o una etapa de nuestra vida que nos cuesta comprender.
A veces nuestra oración se concentra en pedir que las cosas sucedan tal como las imaginamos. San Josemaría nos enseña otra manera de rezar: pedirle a María que nos ayude a descubrir, aceptar y querer lo que Dios tiene preparado para nosotros.
No es una invitación a quedarse esperando sin hacer nada. Es una invitación a buscar, trabajar, decidir y avanzar, pero con el corazón abierto a la voluntad de Dios.
Este 12 de octubre, fiesta de Nuestra Señora del Pilar, podemos hacer nuestra aquella breve oración que acompañó a san Josemaría durante tantos años.
«Señora, que sea».
Que se cumpla lo que Dios quiere. Que sepamos reconocerlo. Y que, cuando llegue el momento, tengamos la generosidad de responder.